A quien no haya viajado a caballo por perdidos caminos vecinales, no tiene sentido que le cuente nada de esto; de todas formas, no lo entendería. Y a quien ha viajado, prefiero no recordarle nada. Mijaíl Bulgákov
Por: Carmen Ollé
La novela Corazón de perra empieza de una manera encantadora: una mujer extranjera camina por las calles de Moscú acompañada de un hombre extravagante, ninguno habla ruso. Ella lleva el nombre de la legendaria Laika -esa perrita callejera de Moscú que orbitó la Tierra a bordo de una nave soviética en 1957-. La descripción de la ciudad, su belleza colorida por las cúpulas de las iglesias ortodoxas de estilo bulboso, con ese dorado que representa el reino celestial, nos crea expectativas sobre lo que nos contará más adelante. ¿Quién es, qué hace ella en Moscú, cómo y por qué arribó a esa ciudad?
Laika
Laika, la protagonista de la novela de Victoria Guerrero, cambiará de nombre a lo largo de la historia; en algún momento se llamará Emily, como la poeta estadounidense autoexiliada en su propia casa, Emily Dickinson, y es que Laika o Emily es poeta.
Ella sufrirá una transformación física, una suerte de metamorfosis, que nos recuerda a La metamorfosis de Kafka, su cercanía estriba en la atmósfera del absurdo por esa combinación de situaciones realistas y también inverosímiles que ocurren a través de la trama.
El cuerpo de Laika pasará por el quirófano para ser operado de una enfermedad que se ha vuelto el mal del siglo en muchas mujeres: el cáncer de mama, así como en el siglo XIX lo fue la “plaga blanca” y como lo fue la sífilis a finales del siglo XV.
El hecho de remitirnos a Kafka se ve enriquecido también por su contacto y afinidad con la literatura rusa en la novela de Guerrero, rica en alusiones literarias a narradores como Bulgákov -autor de Corazón de perro-, y a poetas como Ana Ajmátova y MarinaTsvietáieva, quienes sufrieron -como muchísimos artistas más- la persecución de la época del terror implantada por el dictador Stalin durante la URSS. En Corazón de perro, Bulgákov se burló sobre el presunto “hombre nuevo”, que pretendió crear el comunismo soviético para borrar los vicios y defectos de la burguesía y la nobleza durante el zarismo, haciendo tabla rasa además de los principios e ideales occidentales. Ese “hombre nuevo” es, en verdad, un perverso engendro, un producto mal concebido, porque los cambios en la historia no se logran a machetazo limpio, sino que a veces son lentos y/o progresivos.
Mijaíl Bulgákov
Las operaciones que sufre el personaje femenino en una sala quirúrgica de Moscú no solo refieren el dolor y el extrañamiento de ser otra, sino que su cuerpo deja de ser reconocible, casi humano, suyo, para convertirse en un organismo biológico que se sostiene por el trabajo combinado de varios sistemas: nervioso y endocrino, cardiovascular y respiratorio; digestivo y urinario, entre otros. Esta realidad fisiológica, que no necesariamente tiene conciencia una poeta cuando la visita el estro poético, es narrada con fina ironía gracias a un cambio brusco del clima dramático por uno familiar y seductor, como cuando se encomienda a “las santitas” Ajmátova y Tsvietáieva. La poeta no puede escribir porque está entubada y siendo objeto de extraños experimentos: “los químicos han fumigado mi escritura”, nos dice desde su cama de hospital. La narradora no deja de recurrir a la autoironía; es la sabiduría de la rebelión absoluta; así, el humor y la sátira brotan a borbotones: “La verdad es que, si alguien hubiera mirado mi cuerpo, habría visto en él una prosa realista y socialvisceralista”. Finalmente se ha convertido -nos dice- en una mujer cyborg. Según Internet, cyborg es un “organismo que combina partes biológicas y dispositivos tecnológicos o electrónicos”.
Victoria Guerrero avizora en Corazón de perra lo que será este mundo a futuro: el enfrentamiento por una parte de los cyborgs de mujeres por las dolencias ginecológicas, los cuerpos mutilados por las guerras y genocidios, los de aquellos deformados por los efectos nocivos de la energía o radiación nuclear, las bombas evaporizantes de fósforo. Y del otro lado, los robots y humanoides que esperan reemplazarnos en el planeta y en todo, hasta en una supuesta superioridad intelectual según la Inteligencia Artificial. Pero no olvidemos tampoco a la “casta”, ese grupo minoritario de oligarcas compuesto por los supremacistas blancos que apuestan y sueñan con la inmortalidad y con genes seleccionados para crear seres de acuerdo con su ideología siniestra. Sí, Victoria Guerrero lo sabe bien y nos lo advierte magníficamente en Corazón de perra.
